Gerardo Turchetti


Gerardo Turchetti
Color Caramelo
La Chica de Negro


De chico ya andaba diciendo que algún día sería escritor. En el Colegio Guadalupe un profesor descubrió sus primeros cuentos y quedó encantado; otro docente, el de historia, quedó atrapado por Pasos, un relato juvenil donde el tiempo se comporta de manera caprichosa y el regreso esperado llega tarde. Fue la primera señal de que allí había algo más que un estudiante, no muy aplicado pero pensante: había un narrador en formación.
Después vinieron rutas heterogéneas: Publicidad, Psicología interrumpida, Filosofía; trabajos en un banco, en Tribunales y en un instituto de seguridad vial. Una vida de observador atento, de profesor, de lector inquieto.
Un día encontró, entre papeles olvidados, un cuento que había enviado a un concurso en España del que nunca obtuvo respuesta. Lo corrigió y sintió que había llegado el momento de tomar una decisión. Fue: “Es ahora o nunca”. Por suerte eligió el “ahora”.
Desde entonces escribió novelas que viajan por geografías y climas muy distintos:
una en el Virreinato del Río de la Plata; otra entre Buenos Aires y China; otra que cruza expedientes, pasillos de Tribunales y la cárcel de Ezeiza; una en San Simón el Estilita, pueblo que existe sólo en su universo literario; otra en las calles y sombras de San Telmo; y la que escribe hoy, quizá la más audaz: la historia de un gorila de montaña que recibe un implante cerebral y supera a más de un humano despistado.

Está casado con una compañera de la facultad —profesora, colega, cómplice—; tiene dos hijos adultos que lo llenan de orgullo, y espera su primer nieto con una alegría imposible de ocultar.
Quienes lo conocen saben que observa la realidad con una atención obstinada: escucha, anota mentalmente, roba anécdotas al mundo y guarda escenas como quien colecciona tesoros cotidianos. Ama el idioma, las palabras, y puede estar toda una mañana buscando una, y es maravilloso cuando aparece.
Su obra tiene algo de viaje, algo de búsqueda y algo de memoria. Pero, sobre todo, esa mezcla tan suya de ironía fina, curiosidad filosófica y humanidad que termina asomándose siempre.
Y quizá la misma convicción de aquel adolescente del Guadalupe: que las historias, cuando se vuelven inevitables, siempre encuentran su camino.